sábado, diciembre 04, 2010

Crónica Cabanillas/ García-Máiquez



Como no tengo una buena foto del pasado recital, cuelgo esta de las hojas en la lluvia, aquella tarde, un poco antes de meternos todos en el Aula Luis Cernuda para escuchar la luz. Disparó el flash mi amiga Merl, que entre el público sonreía con sus ojos de duende.

Primero recitó Jose Julio Cabanillas. Es peculiar lo que sucede con este hombre: traje gris, voz de penumbra y tono pretendidamente otoñal, todo parece ceniza cuando empieza... y de repente la luz. El mundo de la poesía se divide en dos: los poetas que brillan y las que ni a fuerza de malabares consiguen un mísero chispazo. Jose Julio pertenece al primer grupo, a pesar de esa humildad tan extrema que parece apagarle en el comenzo. Un brillo que se abre paso entre la lluvia, que nace de palabras musitadas. Había que aguzar el oído para escucharle, y así, con el cuerpo en tensión y el alma prendida, te llegaban los poemas inéditos para desarmarte y destrozarte la vida a base de pura belleza. Versos en romance, versos de arte menor con sabor a infancia, endecasílabos que huelen a vestido de domingo. Versos de "mucho misterio", como diría él. Poemas casi místicos. Asistimos al nacimiento de un nuevo tema en la poesía de Jose Julio: la muerte de la madre. Yo había oído hace tiempo ya un poema dedicado a su abuela muerta, que tocaba el piano en la casa familiar, y el nieto regresa y junto a piano mudo recuerda. Pero los poemas a una madre son hondísimos: recuerdo ahora los de La vida es lo secreto de Carmelo Guillén-Acosta.




Luego recitó Enrique García-Máiquez, que también acaba de perder a su madre y cuyo libro, recién salido del horno, se divide entre una ausencia tan grande y la maravilla de haber tenido una hija "por sorpresa". El poemario es un auténtico tesoro, cuya flamante portada no acierta a vislumbrar los aciertos que hay entres sus páginas. Sin epítetos altisonantes, sin renunciar al juego de palabras ni a la lírica de cuarto de estar que tan sabiamente maneja Enrique, terminó dejándonos embobados. Y un poco escépticos. En un par de ocasiones durante su lectura dijo el autor que sus poemas son ahora más elegiacos que antes. Puede ser, pero hay tanto de himno, de acción de gracias en su poesía, que incluso entre las penas rebosa la canción. Yo no dudo de sus propias palabras, puede que como él asegura esté inmerso en la temida crisis de los cuarenta, pero lo que se ve por fuera es una alegría tamizada por la ironía y un guiño de nostalgia aderezado con sorbos de metaliteratura. Y los versos que dedica a su hija son absolutamente deliciosos. No se puede devorar sólo uno, como sucede con las patatas Lay.

Por cierto, que "salgo" en el libro: ¡me ha dedicado un poema! No voy a fardar poco, de ahora en adelante...

5 comentarios:

Teresa dijo...

¡Gracias, Rocío! ¡Cuánto arte en Sevilla!

Gadirroja dijo...

Qué curiosidad por ver ese poema! Y la foto, preciosa.

E. G-Máiquez dijo...

¿Dije eso de la elegía? Vaya. Prefiero lo que dices tú, tan tamizado.

La foto infinitamente mejor que una nuestra, desde luego. Gracias.

Y la expresión "que acaba de perder a su madre", me regala de golpe esta verdad: nunca se acaba de perder a una madre.

Muchas gracias por la invitación junto a JJC y por la crónica.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Te ha dedicado un poema... y es un gran poema, además: como para no presumir. La verdad, todo el libro de Enrique está lleno de gran poesía.
Una lástima no haber podido acudir: a esa misma hora estaba yo hablando en Coria de Miguel Hernández.
Saludos poéticos.

E. G-Máiquez dijo...

Ah, se me olvidaba decirte que la dedicatoria no es un regalo, querida Rocío, sino el reconocimiento de una deuda, como ve en su reseña Ángel Ruiz.

Y JAGR, yo también lamento haberme perdido tu intervención hernandiana. No podemos bilocarnos, aunque al leernos, casi. Muchas gracias, muchas, por todo.