martes, octubre 06, 2009

Chocolatinas Bounty

Tenía quince años, un pavo delirante y un miedo que esconder. El ambiente que me rodeaba era crudo. De acuerdo, vivíamos en París, y los fines de semana nos íbamos en coche a ver el palacio de Versalles, o gastábamos una mañana en el Louvre. Pero, de lunes a viernes, mi vida en el Liceo era bastante dura. Había droga y lo sabíamos. Había peleas, broncas más o menos veladas, puñetazos sobre el suelo de plástico verde. Había todo el sexo que nunca me dejaron ver en las películas.
Había dos patios, uno cubierto y otro sin cubrir. Y llovía siempre. Recuerdo los bancos corridos, de conglomerado barato, y el olor a cigarros buenos y a cigarros malos en los aseos, ante un gran cartel que decía prohibido fumar. En el patio cubierto había una máquina de café y otra de chocolatinas. Yo siempre solía tener diez francos en el bolsillo: supongo que me los daba mi madre para que me comprara una cocacola, pero al segundo o al tercer día, en medio del chute crónico de realismo sucio, descubrí el chocolate Bounty.



Era la cosa más dulce de la tierra. Dulce de coco cubierto de chocolate, en la dosis justa para inyectar a la mañana un poco de lucidez. Los primeros mordiscos eran cálidos y lentos, el cacao se derretía entre mis dedos. De sus encantos habla, cómo no, el delicioso blog del chocolate. Yo ni siquiera me atrevía a cerrar los ojos, por si Véronique la gótica me clavaba sus largas uñas negras en la espalda.
En París empecé a escribir. Primero, pequeñas piezas de prosa, y luego pequeños poemas sentimentales. Se me daba mejor lo primero que lo segundo. Tuve un profesor de lengua y literatura que era un mago, que nos encandilaba, que jugaba con las palabras y con nosotros. Nos leía fragmentos de libros. Nos obligaba a escribir. Yo quería que todas las horas fueran para su asignatura, porque además hablaba con una autoridad inaudita en un lugar como ese. Y me dijo que yo tenía que estudiar filología hispánica, y que llegaría a publicar libros. Y todo era verdad.

Hoy he visto en una tienda las famosas chocolatinas Bounty. Y, rompiendo las elementales reglas de la sensatez, he comprado una.

7 comentarios:

batiscafo dijo...

Preciosa entrada. Y el detalle del chiste de Forges... Cómo me he reído. Hablando de chocolatinas, la semana que viene consígueme un kit-kat.

Javier de Navascués dijo...

Felicidades. Una entrada estupenda que saca dulce de lo amargo, como el mejor chocolate. Y, por cierto, una duda machista: ¿por qué el chocolate os apasiona tanto a las mujeres?

Embajador en el Infierno dijo...

Apasionante entrada. Me ha hecho rememorar los momentos más amargos de mi carrera universitaria: los finales del último curso. Lo tuyo fue en París, lo mío en Londres. Me ponía tan nervioso que no podía comer nada, porque nada me entraba por el gaznate. Durante los dos meses anteriores a los exámenes sobrevivía a base de Bounty, CocaCola y tila. El Bounty era lo único que me entraba.

Después de aquello nunca lo pude volver a catar. Solo con ver el envoltorio se me ponían los pelos de punta.

Camarona dijo...

Yo descubrí las chocolatinas Bounty en Montpellier. Siempre hay que viajar a Francia para descubrir cosas tan deliciosas e indecentes...que deben ser pecado.

E. G-Máiquez dijo...

Extraordinaria entrada. Y con una (más) afinidad. También a mí un profesor me adivinó el futuro. Los auténticos maestros deben de tener una gracia especial, rayana con el don de profecía.

Lola Lola dijo...

Gracias por participar de mi blog, eres muy bienvenida, y por adicionarme a tu lista de blogs. Qué sencillo haces lo complejo, escribes con mano de hada...
No te sigo porque no encuentro dónde
Besos,
Lola

Marce dijo...

Excelente post, me atrapó muchísimo! Escribiís muy pero muy bien. Claro que el hecho de que el post es sobre un chocolate que a mi me encantaba, le da un plus a todo, ¿no? Jaja
Besos, espero leer más pronto!