Tengo una norma casi inquebrantable en mi vida, que yo misma me impuse en mi adolescencia y poquísimas veces he querido trasgredir: no leo, no veo y no escucho nada desagradable en mis ratos de ocio, por muy gran obra de arte que sea.
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| Oración de mi abuela Cecilia |
No me hace disfrutar el sumergirme en depresiones ajenas, el demorarme en profundos pesares o desesperanzas. Yo me enfrento a diario a la vida real: he atravesado interminables noches de hospital con familiares, pago mis impuestos y una hipoteca, pongo un hombro sobre el que llorar a todas mis amigas (y amigos)... Pero mi ocio lo decido yo.
Recuerdo una de nuestras alegres veladas Númenor en mi casa, treinta años teníamos, y tras la poesía y la música, solíamos coronar con un poco de cine. Todavía puedo ver a un entusiasta Juanjo Cerero que nos dijo: ¡podemos ver Sacrificio, de Tarkovsky! A lo que Joaquín Moreno repuso: ¡Sí, y luego nos clavamos en los ojos las copas de vino, que ya estarán vacías! Joaquín resumió en una frase irónica toda mi cosmovisión.
Me rebelo contra quienes ostentan la insufrible superioridad moral de considerar que el amor y el lujo o el Happy end no son algo suficientemente serio, maduro, ético, para ocupar nuestro tiempo libre y protagonizar nuestras pasiones.
Eso que tú desprecias por demasiado oscuro también es belleza, me dirás. Pero yo a los famosísimos trascendentales de la filosofía sumo un cuarto trascendental, y para cultivarme y para disfrutar mis ratos de ocio, he elegido la belleza buena, verdadera... y feliz.

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