
Es cierto, estuve en Fuencarral. Es curioso lo que pasa con algunos planes: de tanto pensarlos y amasarlos en tu cabeza crees que nunca sucederán. Y ocurren de pronto, al pronto, cuando casi te habías olvidado de ellos.
He soñado con la calle Fuencarral desde que me hice adicta a las sombras de Mac y desde que olí por vez primera el bodymilk de vainilla y canela de Korres, pues ambas marcas míticas han instalado allí sus buques insignias, tiendas para perderse. Tenía una tarde libre en Madrid, Ekseption ya no vende Nars (me quedé sin probar el colorete Luster y el labial Dolce vita), y casi sin pensarlo, estaba cerrando la portezuela de un Taxi.
Fuencarral, ¿qué número?, pregunta el taxista. Ah, no sé, es donde están muchas perfumerías. El hombre se vuelve hacia mí con un poco de zumba en los ojos. Oye, yo no sé nada de perfumerías, y la calle Fuencarral es muy larga... Pues me deja en un extremo y ya investigaré. La recorro. Me viene bien andar. Le veo sonreír mientras murmura: mujeres... Se lo he puesto fácil.
La tienda profesional de Mac es más pequeña de lo que pensaba, pero tiene de todo. Es perfecta para cotillear: allí me entero de que, afortunadamente, van a dejar estable la colección de sombras minerales que no he podido ver. Llegará en octubre para quedarse. Me mancho llos labios con las barras Plum Dandy y Freency, y al final no me decido por ninguna de las dos. Pruebo en vivo y en directo los pigmentos famosos: son demasiado sofisticados para mí. Aunque me tienta uno plateado y otro azul noche, Naval blue. Muy bonito, pero no sabría utilizarlos. Paso de largo por el mostrador de las bases, detesto los maquillajes fluídos de Mac. Termino comprando una paleta de cuatro sombras "personalizada": tú eliges las que quieres. Pedí un clásico, Knight divine, un azul profundo y eléctrico, Deep Truth, y dos tonos de moda en este otoño: Silver ring y Honey lust, oro y plata.
En Korres me esperaba una sorpresa: los lápices de ojos, a ocho noventa, más baratos que en Bourjois. Pensé que una firma de cosmética natural, griega y de culto, iba a ser mucho más cara. Me llevé uno solo porque soy una niña buena: un verde oliva precioso, y de larga duración. No sé cómo me contuve. Me regalaron una muestra de la crema de cristales de azúcar, que es suave y sedosita, hidratante pero no grasa. No sé si es casualidad o la combinación con el gel de aloe, pero me ha solucionado el desastre que produjo en mi piel la mezcla de verano más antibióticos.
Volveré, volveré, no me hagas sufrir. He de volver, pero tengo que partir*.
(*) Es la letra de una canción, creo. La canta mi madre cuando regresamos al Sur.