Todos los lunes llego al colegio somnolienta, como si fuera una alumna más. Los ojos se me cierran y, en ese justo momento, una compañera de trabajo pregunta con zumba: "¿Has tenido un fin de semana loco?"
Por una vez acertó. Comenzó la locura el viernes en la estación de trenes, recogiendo a la poeta Amalia Bautista de un ave tumultuoso. En el balcón de mi casa guacamole, cigarros y diálogo, mucho diálogo. Y luego el calor extraño de Sevilla, con nubes, frío en la sombra y un sol picajoso. El hotel Doña María: su terraza a los pies de la Giralda. Tenemos a un palmo de nuestros ojos el pacharán con hielo que ha pedido Amalia y la filigrana medieval. Mientras ella descansa, se ducha y yo la espero, me recorre un río por las piernas, llego hasta la Casa de Libro y compro, electrizada, el nuevo poemario de Miguel d´Ors. En la facultad presento a Amalia y ella nos envuelve con su voz suave, de prodigio lento, de tristeza cálida. Le pido que recite el poema del puente, y el de los pies de sus niñas. Ovación cerrada. Cena con ella y con Cabanillas, Baltanás y Marie Christine del Castillo. Cotilleo poético. Jose Julio nos cuenta un cuento surrealista. LLego a casa a las doce, como Cenicienta. Cansadísima. Feliz.
El sábado me bebo los poemas de Miguel d´Ors. Primero de un trago, luego a pequeños sorbos. Saben a niñez y a vacas, a exabrupto lírico, a guasa épica, a epigrama genial. Saben a siempre y a nunca, a otro Miguel d´Ors, a felicidad imperfecta, a rimas libres. Saben a maravilla de nuevo y nunca acaba, a qué bien otro libro, otro río, otra fuente en la que beber, aquí su acólita.
Por la noche, juerga en casa de L. De nuevo guacamole: no había tabasco y le puse cilantro y crema de vinagre balsámico. De postre copas de caipirinha, lima verde invadiéndolo todo. Juegos de cartas y ron, mucho ron. Ron que sabe a matarratas, a me voy a intoxicar, y todos riendo y acusándome con el dedo índice, "has perdido, ¡bebes!" Así que bebo, grito, aúllo. Y me duermo en la chaise longe, entre almohadones. Ya en casa, dando vueltas a las cuatro menos cuarto, medio dormida busco Omeprazol. Mañana arde París, digo mi estómago, si no encuentro la pastilla bicolor que todo lo cura.
Y el domingo me despierto flotando, en medio de una resaca benigna de color champán. Nubes soleadas. Encuentro el librito Blogueína, de José Miguel Ridao, y me lo enchufo en vena hasta la noche, misa de ocho y cine en casa.
Pedazo de fin de semana loco: libros y ron.
lunes, mayo 31, 2010
jueves, mayo 27, 2010
One fine day
El lunes al mediodía, flash, mensaje en el móvil: "¡Sorpresa! ¡Estamos en Sevilla!" Y sí que fue una sorpresa: la oscura tarde de un lunes se llenó de luz, entre pitufos de plástico y botellas de aloe vera, con mis amigos Teresuca y Hervé, de Pampaluna.
Quedamos en la calle Sierpes y les sometí a uno de esos recorridos literarios que hacía yo antes con bachilleres de distintos puntos de España: ahora Cervantes, ahora Cernuda, ahora el Ateneo, ahora Gertrudis Gómez de Avellaneda y siempre los hermanos Bécquer y Machado... El camino coincide con otro itinerario más fashion, de tiendas especiales, secretas o vox populi (vox dei.) Comenzaron extasiándose con el antiguo teatro imperial convertido en librería: les conduje a la misma boca del escenario, donde han istalado las secciones de poesía, teatro y cine. Te giras un poco y puedes ver el paraíso convertido en libros, gran metáfora.
Una vez en la acera divisamos el arco efímero que han levantado para la celebración del Corpus Christi ("esto era así en todas las ciudades, en la sacrosanta España barroca...") Por un momento regreso a mis clases, a mis rubias alumnas que deben leer junto a Clarín y Valle Inclán las aventuras del Capitán Alatriste... "¿esto es literatura?", pregunta Katherine con curiosidad reprobatoria.

Después, en Los tres reyes magos, nos volvimos como niños a la vista de patos de goma, biberones mágicos y muñecos vintage. Y acabaron regalándome, por mi santo, un bebé asombrado (totalmente poético, decían), al que bautizamos con el nombre de Tomasso en honor al santo de Aquino, y porque la filosofía nace del asombro, dijo Jostein Gaarder. Lo he bautizado con agua Evian, nada menos. A Jostein Gaarder no, al muñeco vintage. Tomasso Evian Adaldrido del Lirio Mojado. Bueno, se me está yendo la olla, después tendré que corregir.

Luego fuimos en directo a la calle Amor de Dios, de la que nadie me separará. Entre chupas moteras en amarillo eléctrico, bolsos en forma de radio antigua y camisetas de Tintín nos anocheció. Al filo de las nueve nos dejamos caer, perezosamente, en Isbilia, donde en una vitrina había una recua de muñequitas playmobil vestidas de Bélle époque, con sombrilla y todo. Y otra con hábitos de monja. Pero "no están a la venta", nos dijeron. Yo me llevé un anillo de plata de aires élficos en forma de hoja. Y Teresuca lo fotografió en el Patio de San Eloy, no con fondo de azulejos y botellín de Kass sino flotando sobre un salmorejo bendito que vino a poner broche final a los festejos de mi santo.
Quedamos en la calle Sierpes y les sometí a uno de esos recorridos literarios que hacía yo antes con bachilleres de distintos puntos de España: ahora Cervantes, ahora Cernuda, ahora el Ateneo, ahora Gertrudis Gómez de Avellaneda y siempre los hermanos Bécquer y Machado... El camino coincide con otro itinerario más fashion, de tiendas especiales, secretas o vox populi (vox dei.) Comenzaron extasiándose con el antiguo teatro imperial convertido en librería: les conduje a la misma boca del escenario, donde han istalado las secciones de poesía, teatro y cine. Te giras un poco y puedes ver el paraíso convertido en libros, gran metáfora.
Una vez en la acera divisamos el arco efímero que han levantado para la celebración del Corpus Christi ("esto era así en todas las ciudades, en la sacrosanta España barroca...") Por un momento regreso a mis clases, a mis rubias alumnas que deben leer junto a Clarín y Valle Inclán las aventuras del Capitán Alatriste... "¿esto es literatura?", pregunta Katherine con curiosidad reprobatoria.
Después, en Los tres reyes magos, nos volvimos como niños a la vista de patos de goma, biberones mágicos y muñecos vintage. Y acabaron regalándome, por mi santo, un bebé asombrado (totalmente poético, decían), al que bautizamos con el nombre de Tomasso en honor al santo de Aquino, y porque la filosofía nace del asombro, dijo Jostein Gaarder. Lo he bautizado con agua Evian, nada menos. A Jostein Gaarder no, al muñeco vintage. Tomasso Evian Adaldrido del Lirio Mojado. Bueno, se me está yendo la olla, después tendré que corregir.
Luego fuimos en directo a la calle Amor de Dios, de la que nadie me separará. Entre chupas moteras en amarillo eléctrico, bolsos en forma de radio antigua y camisetas de Tintín nos anocheció. Al filo de las nueve nos dejamos caer, perezosamente, en Isbilia, donde en una vitrina había una recua de muñequitas playmobil vestidas de Bélle époque, con sombrilla y todo. Y otra con hábitos de monja. Pero "no están a la venta", nos dijeron. Yo me llevé un anillo de plata de aires élficos en forma de hoja. Y Teresuca lo fotografió en el Patio de San Eloy, no con fondo de azulejos y botellín de Kass sino flotando sobre un salmorejo bendito que vino a poner broche final a los festejos de mi santo.
Etiquetas:
Cuaderno de bitácora,
Dedicated to Teresuca de Hervé
domingo, mayo 23, 2010
Acariciar corderos
Los corderos huelen a leche, boñigas y calor materno. Un aroma ancestral nos rodea. El campo amarillo despierta con nubes de azúcar a lo lejos y un sol gigante, más amarillo cuanto más azul cielo. En torno al laurel del patio ruedan bicicletas rosas, niños con patines. Y un perro color chocolate que ladra con ojos mansos.
La cocina con suelo de guijarros huele a nata quemada, a postres de dulce rabia sobre los montes. Por el camino vimos cerdos y gallinas, "los huevos de aquí nada tienen que ver con los de la ciudad". Imagino un mundo idílico de grandes tortillas francesas, espojosas, jarras de leche tibia y quesos redondos, blancos. Panes dorados como muchachas acunan la tarde y la adormecen.
La cocina con suelo de guijarros huele a nata quemada, a postres de dulce rabia sobre los montes. Por el camino vimos cerdos y gallinas, "los huevos de aquí nada tienen que ver con los de la ciudad". Imagino un mundo idílico de grandes tortillas francesas, espojosas, jarras de leche tibia y quesos redondos, blancos. Panes dorados como muchachas acunan la tarde y la adormecen.
martes, mayo 18, 2010
Médico, cúrate a ti mismo
Estuve en la Feria del Libro con Merl, una tarde de sábado que se demoraba al sol. Arrastré literalmente a mi amiga hasta la caseta de Renacimiento, como siempre. Pudimos dar más vueltas que un tiovivo hasta descubrirla en el pórtico de la Plaza de San Francisco, dando la espalda al ayuntamiento. Al entrar por la puerta de cartón recordamos el auto sacramental que vimos en la plaza coronada de flores, guirnaldas de papel, hace ya años. En pleno mes de junio y en pleno furor calderoniano, la invité a ver El veneno y la triaca, nadando sobre un calor nada alegórico.
En esta tarde, cinco años después, nos dispusimos a escudriñar el baúl de cartón repleto de poemarios-joya, como siempre. Brillaban Las trincheras de Mesanza, "pero ya tengo Soy en mayo", me dice Merl. Ah no, afirmo, categórica. Tienes que tener las trincheras. Bueno, voy a mirar un poco por aquí, responde escabulléndose. Yo sigo mirando también, pero cada cinco minutos le recuerdo cuál es su deber. Lo necesitas, lo necesitas y lo sabes. Sabes que tienes que tenerlas. Necesitas las trincheras. Las trincheras necesitas. Nece... ¡¡¡Ya!!!, ruge mi amiga, tomando el libro en la mano y dirigiéndose a la vendedora. En el camino, sus ojos tropiezan con el delicioso volumen de los Chestertons, de Ada Jones. Ah, pero ¿no lo tienes?, pregunto inocentemente. Pues es algo increíble, deberías...
Pero no me dejan terminar la frase, y me acuerdo en un flash rapidísimo aquella historia que contaba mi abuelo sobre un general desesperado que grita: "¡Matad a mi hijo, tomad la plaza, pero por favor dejad de tocar el maldito cornetín!" La vendedora, en cambio, me mira fascinada. "¡Oye!", me dice. "¿No quieres recomendar algún otro libro? ¿No te quedarías aquí conmigo...?" Pero era tarde ya.
Han pasado siete días, y estoy sola en la feria, en la eterna caseta de Renacimiento. Y encuentro, en un destello de sol, El hacha y la rosa, de Luis Alberto de Cuenca. El libro fantasma que amé siempre y nunca tuve entre las manos. Recuento las monedas que tengo en el bolsillo, como hice entonces. Pasaré luego por el mercado medieval y esto supone quedarme sin el sérum artesano para el contorno de los ojos, a base de aloe vera, manteca de karité y aceites esenciales de tilo, jazmín y granada, pero sea. Médico, cúrate a ti mismo, susurra en mi oído mi gemela transparente. Yo también necesito El hacha y la rosa, y también lo sé.
P.S.: mañana este blog cumple cuatro años. Fue el 19 de mayo de 2006 cuando decidí encender la chimenea. Por mucho tiempo más, espero.
En esta tarde, cinco años después, nos dispusimos a escudriñar el baúl de cartón repleto de poemarios-joya, como siempre. Brillaban Las trincheras de Mesanza, "pero ya tengo Soy en mayo", me dice Merl. Ah no, afirmo, categórica. Tienes que tener las trincheras. Bueno, voy a mirar un poco por aquí, responde escabulléndose. Yo sigo mirando también, pero cada cinco minutos le recuerdo cuál es su deber. Lo necesitas, lo necesitas y lo sabes. Sabes que tienes que tenerlas. Necesitas las trincheras. Las trincheras necesitas. Nece... ¡¡¡Ya!!!, ruge mi amiga, tomando el libro en la mano y dirigiéndose a la vendedora. En el camino, sus ojos tropiezan con el delicioso volumen de los Chestertons, de Ada Jones. Ah, pero ¿no lo tienes?, pregunto inocentemente. Pues es algo increíble, deberías...
Pero no me dejan terminar la frase, y me acuerdo en un flash rapidísimo aquella historia que contaba mi abuelo sobre un general desesperado que grita: "¡Matad a mi hijo, tomad la plaza, pero por favor dejad de tocar el maldito cornetín!" La vendedora, en cambio, me mira fascinada. "¡Oye!", me dice. "¿No quieres recomendar algún otro libro? ¿No te quedarías aquí conmigo...?" Pero era tarde ya.
Han pasado siete días, y estoy sola en la feria, en la eterna caseta de Renacimiento. Y encuentro, en un destello de sol, El hacha y la rosa, de Luis Alberto de Cuenca. El libro fantasma que amé siempre y nunca tuve entre las manos. Recuento las monedas que tengo en el bolsillo, como hice entonces. Pasaré luego por el mercado medieval y esto supone quedarme sin el sérum artesano para el contorno de los ojos, a base de aloe vera, manteca de karité y aceites esenciales de tilo, jazmín y granada, pero sea. Médico, cúrate a ti mismo, susurra en mi oído mi gemela transparente. Yo también necesito El hacha y la rosa, y también lo sé.
P.S.: mañana este blog cumple cuatro años. Fue el 19 de mayo de 2006 cuando decidí encender la chimenea. Por mucho tiempo más, espero.
sábado, mayo 15, 2010
Espera, corazón, vendrá la lluvia.
Es viernes, no, ya es sábado, son casi las dos y no puedo dormir... porque tengo en los oídos el extraño silencio que sigue a la hermosura. Siempre que oigo recitar a mis amigos poetas tengo la impresión de estar asistiendo a un pequeños milagro. Un milagro breve, felíz, lleno de música. Cuando publique Toi las fotos del recital cuelgo alguna, esa mesa llena de poetas, concurrida, y todos recitando poemas inéditos de libros inéditos que se demoran en publicarse.
Presentó la revista Pablo Moreno, tras las palabras preliminares del Director de la Fundación Madariaga (que nos deja el salón) y del director de la Fundación de Cultura Andaluza (que nos financia los libros y revistas.) Pablo habló con palabras de humo, "de las cinco de la tarde", solemne y cercano a la vez.
Habló de la Revista Númenor y de cómo también es un milagro en equilibrio. Y luego fue presentando a los poetas. Recitó en primer lugar José María Jurado, que participaba por vez primera en uno de nuestros encuentros y que nos deslumbró con sus poemas de cuaresma y su proema sobre José Tomás, cegador. Me pareció admirable su forma de mezclar lenguaje preciosista con motivos cercanos, de tal modo que sus palabras llegan al mismo tiempo al corazón y a la cabeza. Eso no es fácil. Luego leyó Alberto Carpio su terrible poema de Sylvia Plath. Terrible hermosura. Estoy segura de que esos versos atravesarán los años. Buko (Juan José Cerero) recitó poemas de infancia, de su padre, de naranjos. En sus labios sonaban a nuevo y a fresco: eran los mismos temas que aparecían en Oro, su primer libro, pero madurados y evolucionados.
Paco Gallardo se merece párrafo aparte. Este poeta que sólo tiene un libro, editado hace diez años ya, es autor de versos que han fecundado todo el grupo y nos repetimos a modo de conjuro mágico y han servido de inspiración a muchos otros poemas:
cuando no sé qué hacer, estudio mapas
o
la amable arquitectura de tus manos
le gana la partida a la tristeza
o
escucha, corazón, vendrá la lluvia
esos versos que me acompañaron como la lluvia en pampaluna durante diez años, los diez años de mi amistad con los poetas de Númenor, los diez años que me han convertido a mí también en poeta de Númenor, que nos han visto crecer. Ver de nuevo a Paco recitando poemas tan sabios me ha hecho saber que no somos tan niños, ya no somos promesa. Que esto es de verdad. Y los dos últimos poemas recitados por Pablo Moreno han sido confirmación y acción de Gracias. "En ellos está mi casa".
P. S.: Varios me habéis preguntado "cómo fue lo mío". No lo he contado por aquello de no convertir este espacio en una permanente auto crónica, así que os remito al blog de Ramón Simón, que hace una perfecta crónica de la presentación de Las Barbies, hace justo una semana. Y aquí están las preciosas fotos que hizo Toi del Junco. Y aquí, un apunte "pictórico"...
Presentó la revista Pablo Moreno, tras las palabras preliminares del Director de la Fundación Madariaga (que nos deja el salón) y del director de la Fundación de Cultura Andaluza (que nos financia los libros y revistas.) Pablo habló con palabras de humo, "de las cinco de la tarde", solemne y cercano a la vez.
Habló de la Revista Númenor y de cómo también es un milagro en equilibrio. Y luego fue presentando a los poetas. Recitó en primer lugar José María Jurado, que participaba por vez primera en uno de nuestros encuentros y que nos deslumbró con sus poemas de cuaresma y su proema sobre José Tomás, cegador. Me pareció admirable su forma de mezclar lenguaje preciosista con motivos cercanos, de tal modo que sus palabras llegan al mismo tiempo al corazón y a la cabeza. Eso no es fácil. Luego leyó Alberto Carpio su terrible poema de Sylvia Plath. Terrible hermosura. Estoy segura de que esos versos atravesarán los años. Buko (Juan José Cerero) recitó poemas de infancia, de su padre, de naranjos. En sus labios sonaban a nuevo y a fresco: eran los mismos temas que aparecían en Oro, su primer libro, pero madurados y evolucionados.
Paco Gallardo se merece párrafo aparte. Este poeta que sólo tiene un libro, editado hace diez años ya, es autor de versos que han fecundado todo el grupo y nos repetimos a modo de conjuro mágico y han servido de inspiración a muchos otros poemas:
cuando no sé qué hacer, estudio mapas
o
la amable arquitectura de tus manos
le gana la partida a la tristeza
o
escucha, corazón, vendrá la lluvia
esos versos que me acompañaron como la lluvia en pampaluna durante diez años, los diez años de mi amistad con los poetas de Númenor, los diez años que me han convertido a mí también en poeta de Númenor, que nos han visto crecer. Ver de nuevo a Paco recitando poemas tan sabios me ha hecho saber que no somos tan niños, ya no somos promesa. Que esto es de verdad. Y los dos últimos poemas recitados por Pablo Moreno han sido confirmación y acción de Gracias. "En ellos está mi casa".
P. S.: Varios me habéis preguntado "cómo fue lo mío". No lo he contado por aquello de no convertir este espacio en una permanente auto crónica, así que os remito al blog de Ramón Simón, que hace una perfecta crónica de la presentación de Las Barbies, hace justo una semana. Y aquí están las preciosas fotos que hizo Toi del Junco. Y aquí, un apunte "pictórico"...
domingo, mayo 09, 2010
Blues del domingo
La pereza es cálida, suave, un dulce vicio de fin de semana. El domingo es el día para ejercer la pereza, porque no hay librerías, los amigos se han ido ya y estás en el limbo, un limbo de sillón y mantas que resbalan. Disfrutas del domingo como si de un fantasma se tratase, con música en sordina, sotto voce, acordes que subliman tu pereza. Leyendo un libro a ratos, con lámpara modernista de flash melocotón sobre tus ojos.
Hasta enamorarte te da pereza ahora. No podrías quemarte a fuego lento, con banda sonora de lluvia, con ríos en la ciudad. Te da pereza el ridículo,te la dan los relojes. Te da pereza bajar a la calle soleada y volver a casa con doce huevos en la cesta bucólica. Los vas colocando uno a uno en la nevera. Redondos. Blancos. Tan redondos y blancos que duermes, te derramas. Tu pequeña pereza.
Rezar te da pereza, también, pero la vences. Rezar es dialogar, y con voz lánguida hablas a Dios de tu pereza. Dios mío, qué pereza. Y sientes sus dedos en tus ojos, "duerme, te lo mereces". Estoy soñando, dices, lo estoy imaginando. Pero Dios habla siempre entre sueños. También a Dios le gusta tu pereza.
Hasta enamorarte te da pereza ahora. No podrías quemarte a fuego lento, con banda sonora de lluvia, con ríos en la ciudad. Te da pereza el ridículo,te la dan los relojes. Te da pereza bajar a la calle soleada y volver a casa con doce huevos en la cesta bucólica. Los vas colocando uno a uno en la nevera. Redondos. Blancos. Tan redondos y blancos que duermes, te derramas. Tu pequeña pereza.
Rezar te da pereza, también, pero la vences. Rezar es dialogar, y con voz lánguida hablas a Dios de tu pereza. Dios mío, qué pereza. Y sientes sus dedos en tus ojos, "duerme, te lo mereces". Estoy soñando, dices, lo estoy imaginando. Pero Dios habla siempre entre sueños. También a Dios le gusta tu pereza.
martes, abril 27, 2010
El colgante en forma de galleta
Cuando empecé a trabajar en mi antiguo colegio, hace casi un año, una de mis mejores amigas me dijo: "tendrás que comprarte más ropa chula, porque las adolescentes se fijan en todo". Recuerdo que íbamos por la calle y que me detuve para responder: "oye, que no voy a trabajar de mono de feria". Ella hizo un gesto muy visual con las manos, "tú misma". Así que comencé por abrir mi armario y dedicarme a combinar lo que ya tenía añadiéndole algún toque especial.

Tengo un chaquetón azul noche de Adolfo Domínguez y miles de preciosos vestidos de H & M. Y una chaqueta de lana deliciosa color verde hierba que parece un campo de Irlanda. Tengo un abrigo negro y elegante, que me recordaría a Audrey Herburn si no fuera porque lo que hay debajo soy yo.
Tengo un par de trajes de lino, seriecitos y como de princesa pero sin ñoñerías, o eso espero... Tengo una chaqueta fina de picos, evasé, color berenjena que creo que es de Zara, y una corbata para mujer azul con abalorios fucsias y naranjas hecha a mano por una chica de Nueva York, que me regaló mi prima Cecilia hace dos o tres navidades. No tengo ni un zapato de tacón para diario, ni uno solo, y mido metro y medio, pero es que no puedo evitar odiarlos. No tengo medias, las aborrezco también: cuando voy a una boda en invierno me compro unas para la ocasión y luego procuro tirarlas a la basura.
Pero, después de varios meses de pavor secreto, descubrí aliviada que las adolescentes se fijan, sobre todo, en los complementos y en el maquillaje. Y en eso soy el rey del Mambo. Me lo paso pipa: llevo pulseras estrambóticas, las uñas pintadas de plata o los labios rojos. Todo para rematar un sosolook de camiseta negra y pantalones. Tenía razón mi amiga: es chulísimo.
Y, desde que conozco y amo la tienda Azul de mar de Madrid, el tobogán de genialidades ha sido imparable. Un anillo que parece de carey o de caramelo, según se mire. Una bolsita de plástico con ilustracciones naif de la torre Eiffel. Un brazalete de madera con rosas estampadas en negro, blanco y gris, haciendo juego con un pichi blanco y negro que compramos, mi madre y yo, en Mit Mat Mamá... Ahora leo esta enumeración caótica e improvisada y me recuerda al poema "Mitología casera" de Miguel d´Ors: un llavero, una fecha, una matriuska, unas callejas rancias — balcones con bombonas de butano y bicicletas de montaña —...

Lo último y la mayor locura ha sido un colgante en forma de galleta María. Me la he colgado hoy al cuello, sin pensar, y todas las lecciones han empezado de la misma forma. Es refrescante hablar de Salinger, de las perífrasis verbales o de las virtudes cardinales con una galleta flotando sobre una sencilla blusa blanca.
lunes, abril 19, 2010
Las Siete Barbies solteras
Umbral cabalga de nuevo: otra vez hablo de un libro mío que acaba de salir a la luz.
Pero es que este libro es especial: sin vosotros nunca hubiera sido escrito. Es una recopilación de los post más proéticos que haya garabateado alguna vez en este cuarto de estar con chimenea.
Y viene muy bien arropado por gente importante, deslumbrante: Julio Martínez Mesanza lo prologa, Ángel Ruiz lo reseña con generosidad y, el día siete de mayo, Enrique García Máiquez lo presentará.
Y Javier Caballero Wangüemert disparó la foto.
miércoles, abril 14, 2010
La Felicidad
Uno de los síntomas de la felicidad es es que vayas caminando por la calle, sean las dos del mediodía y te acompañe la música de los walkman. Y, de repente, empieces a cantar a grito pelado. A voz en cuello. Los walkman, el viento y tú: un triunvirato mágico*. Cantas y cantas, y no tienes ni idea de cantar, y la gente te mira. Pero no te importa, porque si fueras desgraciada la gente te miraría con aprensión, pero no: te miran sonriendo. La locura bulliciosa, feliz, plena, no asusta. No molesta. Quizás provoque un poco de envidia, pero entonces cualquiera puede pensar que las borracheras no duran y la caída es en picado, sin piedad. Y puede que tengan razón. O no.
Otro síntoma de la felicidad es que un lunes lleguen las seis de la tarde y tras todo un día en el colegio tengas que acercarte al Centro para dar una última clase, y que de pronto Cervantes te parezca tan absolutamente alucinante que te dé igual el cansancio. El cansancio es una isla brumosa, y de repente, la bruma lo eclipsa. Te encuentras en una ciudad irreal, nueva, donde Lope de Vega renace y te emborrona los dedos de tiza.
(*) Lo del triunvirato es propiedad de Pablo Buentes, pedazo de poeta.
Otro síntoma de la felicidad es que un lunes lleguen las seis de la tarde y tras todo un día en el colegio tengas que acercarte al Centro para dar una última clase, y que de pronto Cervantes te parezca tan absolutamente alucinante que te dé igual el cansancio. El cansancio es una isla brumosa, y de repente, la bruma lo eclipsa. Te encuentras en una ciudad irreal, nueva, donde Lope de Vega renace y te emborrona los dedos de tiza.
(*) Lo del triunvirato es propiedad de Pablo Buentes, pedazo de poeta.
lunes, abril 12, 2010
Chucherías
Tenía yo nueve años y no había en el mundo otra cosa más atractiva para mí que las nubes de azúcar y el regaliz rojo. También estaban los columpios, las piscinas azules en verano, la navidad en Vitoria, Asterix y Obélix y los libros de Puck, pero ninguna de esas cosas estaba prohibida. La prohibición dotaba a la química dulce de un legendario halo de deseo. La felicidad tenía el color de las piruletas, un rojo dulce que coloreaba mis labios como si fuera ya mayor. Pero esto no solía ocurrir a menudo.
Tampoco es que viviéramos en la posguerra: había dinero para libros, para tebeos de Tintín, para coleccionar minerales y pasear en barca por el río, para campamentos de verano y hasta para helados. El regaliz, en cambio, era visto como un capricho sin razón, y por lo tanto estaba proscrito y yacía ignorado hasta el largo verano, en Maestu, donde mi abuela se dedicaba a deseducar a sus nietos. El mes de septiembre era durísimo entonces: volvía a Sevilla, volvía al colegio y sobre todo volvía a la ley seca.
Cuando cumplí doce años, un vecinito de grandes ojos verdes y nombre romántico comenzó a convidarme a chucherías todas las tardes. Se gastaba cinco duros en regalarme nubes y regaliz rojo, y yo caí bajo sus encantos. Era guapísimo, ayudaba a mi madre con las bolsas de la compra y mi padre le llamaba “el caballero andante”. Yo empecé a sentir cierto pellizco y a escuchar las canciones de los Bee Gees pensando en él, lo que me parecía el colmo del enamoramiento.
Así pasó todo un año y llegó un nuevo septiembre. El chico acabó conociendo mi pasión y comenzó a presumir. En la fiesta de final de verano le vi bailando con otra: bailaba y me miraba, bailaba y me miraba con desdén. Las nubes se volvieron amargas en mi boca.
Tampoco es que viviéramos en la posguerra: había dinero para libros, para tebeos de Tintín, para coleccionar minerales y pasear en barca por el río, para campamentos de verano y hasta para helados. El regaliz, en cambio, era visto como un capricho sin razón, y por lo tanto estaba proscrito y yacía ignorado hasta el largo verano, en Maestu, donde mi abuela se dedicaba a deseducar a sus nietos. El mes de septiembre era durísimo entonces: volvía a Sevilla, volvía al colegio y sobre todo volvía a la ley seca.
Cuando cumplí doce años, un vecinito de grandes ojos verdes y nombre romántico comenzó a convidarme a chucherías todas las tardes. Se gastaba cinco duros en regalarme nubes y regaliz rojo, y yo caí bajo sus encantos. Era guapísimo, ayudaba a mi madre con las bolsas de la compra y mi padre le llamaba “el caballero andante”. Yo empecé a sentir cierto pellizco y a escuchar las canciones de los Bee Gees pensando en él, lo que me parecía el colmo del enamoramiento.
Así pasó todo un año y llegó un nuevo septiembre. El chico acabó conociendo mi pasión y comenzó a presumir. En la fiesta de final de verano le vi bailando con otra: bailaba y me miraba, bailaba y me miraba con desdén. Las nubes se volvieron amargas en mi boca.
jueves, abril 08, 2010
(Ganas de cerrar el blog)
Cuando una persona mantiene dos blogs, tarde o temprano uno acaba comiéndose al otro.
Yo no conocía esta verdad universal, pero ahora he caído en ella de golpe. Como las cerezas. Publico muchas más entradas en Makimarujeos de una hobbit pija, siempre tengo inspiración cuando de maquillaje se trata, y cuando llego aquí me parece que nada queda por decir. Había pensado en despedida y cierre, pero me quedo en blanco sólo de pensar en apagar la chimenea de este blogg.
La poesía sale en mi ayuda. Estoy leyendo por tercera vez "Temporada de fresas" (Siltolá), de Pilar Pardo, que me tiene fascinada. Espero sacar tiempo para ofreceros una crítica, y cuando se presente el poemario, el 30 nde abril en la casa del libro de Sevilla, suplicaré a las musas un pedacito de genio para poder hacer una buena crónica. Y tengo que recoger un paquete de correos, cuyo remitente es nada más y nada menos que Miguel d´Ors. Qué emoción. Ha llegado el mismo día que un paquete de ultramar cargado de maquillaje, es mi sino esta desatinada conjunción de versos y barras de labios.
Y luego llega la feria del libro de Sevilla, la de Madrid, Mayo y los encuentros poéticos de Númenor... y a lo mejor me encuentro a mí misma. Por si la espera es larga os dejo un poema inédito que escribí hace ya un año, creo.
LA ESPADA
Por rendijas de nieve
por agujeros lentos se me cuelan
sin pedirme permiso mil imágenes
revelan una foto en mi memoria
y sales tú perfecto sonriendo
atravesando lluvias para venir a mí
la luz rasgando el aire tan oscuro
el sol como una espada combatiendo
la lluvia
y la luz era un dardo
y una espada tu imagen en la lluvia.
Yo no conocía esta verdad universal, pero ahora he caído en ella de golpe. Como las cerezas. Publico muchas más entradas en Makimarujeos de una hobbit pija, siempre tengo inspiración cuando de maquillaje se trata, y cuando llego aquí me parece que nada queda por decir. Había pensado en despedida y cierre, pero me quedo en blanco sólo de pensar en apagar la chimenea de este blogg.
La poesía sale en mi ayuda. Estoy leyendo por tercera vez "Temporada de fresas" (Siltolá), de Pilar Pardo, que me tiene fascinada. Espero sacar tiempo para ofreceros una crítica, y cuando se presente el poemario, el 30 nde abril en la casa del libro de Sevilla, suplicaré a las musas un pedacito de genio para poder hacer una buena crónica. Y tengo que recoger un paquete de correos, cuyo remitente es nada más y nada menos que Miguel d´Ors. Qué emoción. Ha llegado el mismo día que un paquete de ultramar cargado de maquillaje, es mi sino esta desatinada conjunción de versos y barras de labios.
Y luego llega la feria del libro de Sevilla, la de Madrid, Mayo y los encuentros poéticos de Númenor... y a lo mejor me encuentro a mí misma. Por si la espera es larga os dejo un poema inédito que escribí hace ya un año, creo.
LA ESPADA
Por rendijas de nieve
por agujeros lentos se me cuelan
sin pedirme permiso mil imágenes
revelan una foto en mi memoria
y sales tú perfecto sonriendo
atravesando lluvias para venir a mí
la luz rasgando el aire tan oscuro
el sol como una espada combatiendo
la lluvia
y la luz era un dardo
y una espada tu imagen en la lluvia.
jueves, abril 01, 2010
Nosotros, los raros
Mis alumnas y yo hemos llegado al final del siglo XIX, y allí estamos, hablando del mal du siécle y de Baudelaire, toma ya. Tras lanzarles un speech nada pedagógico, a la altura de Verlaine y su magnífico ensayo alzo la vista para ver si hay manos alzadas. B., con sus ojos de mujer clarividente, pregunta: "Y, ¿por qué se llaman poetas malditos?" Que por qué se llaman poetas malditos: pues porque sus versos eran irracionales, visionarios, oníricos... porque hablaban de temas un poco escabrosos, como la relación entre drogas y creatividad...Y, ya un poco más relajada, termino: en realidad porque eran raros.
Pero, me dice B., en realidad todos los poetas son raros...
Silencio. Veo como le llueven codazos a B., me parece muy divertido. Y M., con su buena intención de siempre, intenta arreglarlo:
En realidad, en realidad todos somos raros.
Pero, me dice B., en realidad todos los poetas son raros...
Silencio. Veo como le llueven codazos a B., me parece muy divertido. Y M., con su buena intención de siempre, intenta arreglarlo:
En realidad, en realidad todos somos raros.
jueves, marzo 25, 2010
Vida
Hoy he amanecido escuchando esa preciosa canción de Efecto mariposa, "Flotando voy". Esta canción, dice su autora cuando nacen los primeros acordes, habla de la vida, de esos nueve primeros meses de vida. Es una visión de lo externo, visto desde dentro.

Siempre me ha parecido una canción preciosa. Desde el comienzo tan original y mágico, que combina el latir de un corazón con una tonadilla de tiovivo infantil, hasta los primeros versos tan inciertos muchas veces, desgraciadamente:
"El tiempo pasa y todo sigue igual,
navegando en la tranquilidad.
Flotando en esta miel que tú me das (...)
Nada puede herirme alrededor,
nada hay que haga que me sienta mejor,
flotando voy."
Hace sólo setenta y dos horas celebrábamos el Día Mundial del Agua, que en Sevilla hemos celebrado con una buena noticia: tenemos garantizados tres años de maravilla líquida. Y hoy que es el Día Mundial de la Vida, ¡cómo me gustaría que lo celebráramos con la buena noticia de que en tres, treinta, tres mil años no iba a morir un sólo niño en la guerra, un sólo anciano en el hospital, un sólo bebé en la cueva materna, donde más arropado y tranquilo debería estar!

Siempre me ha parecido una canción preciosa. Desde el comienzo tan original y mágico, que combina el latir de un corazón con una tonadilla de tiovivo infantil, hasta los primeros versos tan inciertos muchas veces, desgraciadamente:
"El tiempo pasa y todo sigue igual,
navegando en la tranquilidad.
Flotando en esta miel que tú me das (...)
Nada puede herirme alrededor,
nada hay que haga que me sienta mejor,
flotando voy."
Hace sólo setenta y dos horas celebrábamos el Día Mundial del Agua, que en Sevilla hemos celebrado con una buena noticia: tenemos garantizados tres años de maravilla líquida. Y hoy que es el Día Mundial de la Vida, ¡cómo me gustaría que lo celebráramos con la buena noticia de que en tres, treinta, tres mil años no iba a morir un sólo niño en la guerra, un sólo anciano en el hospital, un sólo bebé en la cueva materna, donde más arropado y tranquilo debería estar!
lunes, marzo 15, 2010
Botox
Las tías estamos como cabras.
Resulta que se casa una amiga mía del alma, y se casa en pampaluna. Y se casa con un chico que debe ser un santo y tiene, además, nueve o diez hermanos solteros. Mi amiga, ni corta ni perezosa, se ha puesto ya (despacito y buena letra) a hacer el cálculo de probabilidades y el horóscopo para saber con cuál de sus cuñados voy a tener yo una historia de ensueño, porque eso es así, nosotras que somos amigas del alma tenemos que devenir en hermanas de hecho y de derecho canónico, y esto va a salir y si no sale mecagüentodolofucsiaconrayasrojas.
Ya me imagino comprando un vestido ideaaaaaal: miraré primero en Adolfo Domínguez para educar el gusto, y después, directa a H&M. Me veo, cómo no, planeando maratón madrileña con recorrido fijo, Nars Goya-Mac Fencarral, con la excusa del "y yo con estos pelos", qué menos que comprar un colorete bronce rosado que haga juego con el brocado de oro rosa del trajecito en cuestión. Luego sobrevienen las dudas existenciales, no será todo supercursi, este vestido ¿no parece un colgajo de tocador de alcoba? ¿Tendría que haber tirado la casa por la ventana? ¿Adolfo Domínguez será siempre Adolfdo Domínguez, mientras que "esto"...? Pfffffxxxxtttt.
Por no hablar del tema joyas, años para procesar que lo que se lleva entre la gente joven es la austeridad y la bisutería, y de repente cambian los arquetipos, lo oscuro se vuelve claro y el barroco triunfa. Para eso lo mejor es tener una pulsera fija, decidir que el broche de tu abuela es necesario, y llueva lo que llueva la moda todos saben que al menos con pulsera y broche vas a aparecer. No hay dolor.
Mi amiga cree que las lágrimas de San Lorenzo van a servirnos de poción mágica. Y me ha pedido que haga voto de no enamorarme de aquí a la boda, que es en agosto. Claro que sí, mujer: tengo la agenda repleta de amoríos pero me los voy a saltar todos por respeto a lo que me depare la Divina Providencia. Con esta vida de profesoressa que llevo tengo difícil lo de ligar, pero si tú quieres que haga botox de no enamorarme, los hago. Pongo por testigos a todos los lectores de mi blog: leyendo espero a mi fantasma azul.
Resulta que se casa una amiga mía del alma, y se casa en pampaluna. Y se casa con un chico que debe ser un santo y tiene, además, nueve o diez hermanos solteros. Mi amiga, ni corta ni perezosa, se ha puesto ya (despacito y buena letra) a hacer el cálculo de probabilidades y el horóscopo para saber con cuál de sus cuñados voy a tener yo una historia de ensueño, porque eso es así, nosotras que somos amigas del alma tenemos que devenir en hermanas de hecho y de derecho canónico, y esto va a salir y si no sale mecagüentodolofucsiaconrayasrojas.
Ya me imagino comprando un vestido ideaaaaaal: miraré primero en Adolfo Domínguez para educar el gusto, y después, directa a H&M. Me veo, cómo no, planeando maratón madrileña con recorrido fijo, Nars Goya-Mac Fencarral, con la excusa del "y yo con estos pelos", qué menos que comprar un colorete bronce rosado que haga juego con el brocado de oro rosa del trajecito en cuestión. Luego sobrevienen las dudas existenciales, no será todo supercursi, este vestido ¿no parece un colgajo de tocador de alcoba? ¿Tendría que haber tirado la casa por la ventana? ¿Adolfo Domínguez será siempre Adolfdo Domínguez, mientras que "esto"...? Pfffffxxxxtttt.
Por no hablar del tema joyas, años para procesar que lo que se lleva entre la gente joven es la austeridad y la bisutería, y de repente cambian los arquetipos, lo oscuro se vuelve claro y el barroco triunfa. Para eso lo mejor es tener una pulsera fija, decidir que el broche de tu abuela es necesario, y llueva lo que llueva la moda todos saben que al menos con pulsera y broche vas a aparecer. No hay dolor.
Mi amiga cree que las lágrimas de San Lorenzo van a servirnos de poción mágica. Y me ha pedido que haga voto de no enamorarme de aquí a la boda, que es en agosto. Claro que sí, mujer: tengo la agenda repleta de amoríos pero me los voy a saltar todos por respeto a lo que me depare la Divina Providencia. Con esta vida de profesoressa que llevo tengo difícil lo de ligar, pero si tú quieres que haga botox de no enamorarme, los hago. Pongo por testigos a todos los lectores de mi blog: leyendo espero a mi fantasma azul.
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estos días tontos,
Moda y pensamiento
jueves, marzo 11, 2010
Islas
Javier Sánchez me hace llegar el número uno de la revista que ha creado, "Isla de Siltolá, revista de poesía", con un consejo editorial envidiable: nada menos que Abel Feu, José Mateos, Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza. Lo abro a la mitad, donde las hojas me lleven, como abro los libros que me gustan. Y lo primero que ven mis ojos es un poema de Jose Julio Cabanillas mágico y misterioso, de embrujo.
EL SOL DEL UNICORNIO
Este sol de diciembre,
de plata, casi a oscuras como el ojo
de un único unicornio que aún queda en el planeta
y busca su refugio mientras vive ¿hasta cuándo?
Y cuándo la Doncella que le aplacó la sed,
cuándo el árbol hermoso,
cuándo la rama verde en que vibró la luz.
Este sol de diciembre que mira un unicornio,
este sol de diciembre que miro mientras viene
Ella, hermosa, a llevarme.
II
Sentí pasos del viento que venía
de lejos y muy lejos me llevaba.
Muerte, pues has entrado, ¿ya es la hora?
Y su voz sonó a plata cuando oí:
- La Muerte no; soy el Amor que aguardas.
Luego comienzo por la primera página, y encuentro dos poemas nuevecitos de Miguel d´Ors, ¡qué maravilla! Uno de ellos, llamado 1938, habla de su padre, supongo, en plena guerra y en el frente de los que Rafael Alberti llama enemigos. Se lo leo a mis padres por la mañana, en el desayuno, en medio de un racimo de plátanos y una tostada de jamón dulce. Y entonces me cuenta mi padre una anécdota gloriosa: relata Laín Entralgo en sus memorias que, al filo de la contienda española, se encontró con Eugenio d´Ors y con su hijo. El que años después llegaría a ser Don Álvaro contaba con unos veinte años y se iba a la guerra, pero antes su padre quería nada menos que armarle caballero. Y lo tuvo toda una noche en la catedral de Pamplona velando armas, y a la mañana siguiento lo armó caballero y lo mandó al frente.
Por toda la cocina suenan los chisporroteos de mis carcajadas. Me bailan los ojos. ¡¡¡Eso es una familia verdaderamente genial!!!
p.s.: He estado hablando con Miguel d´Ors y me ha dicho que el qe veló armas era su abuelo, Eugenio d´Ors. No sé cómo rehacer la entrada para no faltar a la verdad, así que lo añado aquói como posdata.
EL SOL DEL UNICORNIO
Este sol de diciembre,
de plata, casi a oscuras como el ojo
de un único unicornio que aún queda en el planeta
y busca su refugio mientras vive ¿hasta cuándo?
Y cuándo la Doncella que le aplacó la sed,
cuándo el árbol hermoso,
cuándo la rama verde en que vibró la luz.
Este sol de diciembre que mira un unicornio,
este sol de diciembre que miro mientras viene
Ella, hermosa, a llevarme.
II
Sentí pasos del viento que venía
de lejos y muy lejos me llevaba.
Muerte, pues has entrado, ¿ya es la hora?
Y su voz sonó a plata cuando oí:
- La Muerte no; soy el Amor que aguardas.
Luego comienzo por la primera página, y encuentro dos poemas nuevecitos de Miguel d´Ors, ¡qué maravilla! Uno de ellos, llamado 1938, habla de su padre, supongo, en plena guerra y en el frente de los que Rafael Alberti llama enemigos. Se lo leo a mis padres por la mañana, en el desayuno, en medio de un racimo de plátanos y una tostada de jamón dulce. Y entonces me cuenta mi padre una anécdota gloriosa: relata Laín Entralgo en sus memorias que, al filo de la contienda española, se encontró con Eugenio d´Ors y con su hijo. El que años después llegaría a ser Don Álvaro contaba con unos veinte años y se iba a la guerra, pero antes su padre quería nada menos que armarle caballero. Y lo tuvo toda una noche en la catedral de Pamplona velando armas, y a la mañana siguiento lo armó caballero y lo mandó al frente.
Por toda la cocina suenan los chisporroteos de mis carcajadas. Me bailan los ojos. ¡¡¡Eso es una familia verdaderamente genial!!!
p.s.: He estado hablando con Miguel d´Ors y me ha dicho que el qe veló armas era su abuelo, Eugenio d´Ors. No sé cómo rehacer la entrada para no faltar a la verdad, así que lo añado aquói como posdata.
lunes, marzo 08, 2010
La Crónica
"Yo he venido a hablar de mi libro, no del libro de este petimetre, y llevamos un montón de líneas y todavía no se ha hablado de mi libro."Me siento un poco como Paco Umbral hablando de mi libro, pero a petición de Carmen, Arp y Espinelete voy a ofrecer una pequeña reseña de la presentación. ¿Qué puedo decir? La sala estaba llena de buenos amigos y de amables desconocidos (Juan Antonio González Romano ha hecho una buena crónica social.) Estaba casi todo Númenor en la primera fila, junto a Toi y Ramón Simón que disparaban flashes magistrales (las fotografías que acompañan esta entrada salieron de las manos de Ramón.) Añoré muchísimo a Carmelo Guillén Acosta, que estaba en Madrid leyendo sus poemas a un maravillado público, y a Enrique Gracía Máiquez, que temblaba en El Puerto ante la misteriosa luz de una ecografía. La ausencia de Fidel Villegas fue por mi culpa: hubo un malentendido.
- Francisco Umbral, escritor y hablador de su libro.

Jose Julio Cabanillas dijo cosas increíbles, citó un poema de Gastón Baquero, habló de la inocencia, de lo que debe ser un poeta. Hablaba de mí con voz pausada y con largos silencios, y yo le miraba de reojo (en la foto se puede ver) pensando ¿ésa soy yo? Y luego recité.

Terminamos bebiendo champán en la azotea, en medio de una marea azul de libros por firmar. Se terminaron. Y nos fuimos a El Aguador, en la calle Alvareda, a beber fanta de naranja y a comer roscas campesinas. Luz de fiesta, ráfagas de voces encendidas. Abrigos y felicitaciones. Despedidas. Gotas de lluvia sobre el pelo. Me llevaron a casa. No quería que se terminara la noche y, sin embargo, omnia mea mecum porto. Tenía razón Pablo Moreno, en su ya famoso poema: nunca estaremos solos.
lunes, marzo 01, 2010
Volviendo
En Madrid había nubes. Y museos. Y nubes dentro de los museos: nubes borradas, diluidas, impresionistas. Y también iglesias neogóticas, blancas como merengues y altas como muchachas. Con una caja dorada llena de luz donde el silencio es la gran revolución.
Y cerca, había un despacho de abogados con un cuarto para fumar con Teresa. En ese gesto raro de las mujeres, que vuelan desde Zara a Chile y a Haití, mi amiga me decía que su padre fue un señor. "El alzheimer no le borró la sonrisa. Quería tanto a mi madre que nunca la olvidó del todo."
En Madrid había calles repletas de tiendas encendidas. Había mascarillas de avena para la cara, que olían a desayuno irlandés. Había amigas que querían comprar bailarinas en Esfera. Había tiendas que se llamaban Azul de Mar, y en ella neceseres de algodón forrado con tonos tropicales, turquesa, chocolate y fucsia, que costaban cinco euros con cincuenta. Y bolsas ideales con dibujos naif de la torre Eiffel. Había barras de labios color fresa y color miel en Nars, y había también una tarde llena de diálogos efervescentes con la poeta Amalia Bautista.
Había, por último, tardes de lluvia para leer en casa, y había un manuscrito de una de mis amigas de Pampaluna, y el libro de Goethe que tenía que estudiar, brutalmente delicado. Había un coche que me traía de vuelta. Había que dormir y recordar mañana.
Y cerca, había un despacho de abogados con un cuarto para fumar con Teresa. En ese gesto raro de las mujeres, que vuelan desde Zara a Chile y a Haití, mi amiga me decía que su padre fue un señor. "El alzheimer no le borró la sonrisa. Quería tanto a mi madre que nunca la olvidó del todo."
En Madrid había calles repletas de tiendas encendidas. Había mascarillas de avena para la cara, que olían a desayuno irlandés. Había amigas que querían comprar bailarinas en Esfera. Había tiendas que se llamaban Azul de Mar, y en ella neceseres de algodón forrado con tonos tropicales, turquesa, chocolate y fucsia, que costaban cinco euros con cincuenta. Y bolsas ideales con dibujos naif de la torre Eiffel. Había barras de labios color fresa y color miel en Nars, y había también una tarde llena de diálogos efervescentes con la poeta Amalia Bautista.
Había, por último, tardes de lluvia para leer en casa, y había un manuscrito de una de mis amigas de Pampaluna, y el libro de Goethe que tenía que estudiar, brutalmente delicado. Había un coche que me traía de vuelta. Había que dormir y recordar mañana.
lunes, febrero 22, 2010
Miraremos el fuego

Ya tenemos fecha de presentación de mi libro: estáis todos invitados.
El cuatro de marzo, jueves, a las siete y media de la tarde, en la Casa del Libro de Sevilla, lo presentará Jose Julio Cabanillas (vaya lujo y menuda suerte...) Y luego se servirá una copita de cava.
Tendré que pasarme por H&M para la ocasión, tendré que estrenar alguna de las compras beauty que haga en este largo puente madrileño... Esa noche convertirá un secillo lápiz de labios en un trozo de eternidad.
Os espero.
viernes, febrero 19, 2010
Bueno conocido
En Navidad estuve leyendo La edad de la inocencia, de Edith Wharton. La película que hizo Martin Scorsese basándose en ella fue una revelación para mí, allá en el año noventa y tres, y gustándome tanto como me gustan ese tipo de novelas no sé cómo he podido tardar tanto en caer bajo su hechizo.
Será que soy una rancia y una pequeño burguesa con mis costumbres de lectura reposada, y en el fondo me sacan de Jane Austen, Chesterton y Wilkie Collins y ya no estoy a gusto, y si es posible leerme hasta la saciedad un viejo conocido, lo hago con el máximo deleite... Perder y Ganar, de J.H. Newman, por ejemplo. Los libros son para mí como una prenda cómoda que usamos, y volvemos a ella una y otra vez hasta dejarla inservible... Y, del mismo modo que se rompen las costuras, al lomo de cartón le van saliendo astillas, y buscamos el papel celo y empezamos a hacer labores de carpintería.
Me lo dijo mi padre, al ver en mi mesa llena de papelotes el trajinado ejemplar de La luz apacible. Yo lo había escogido como parte del taller de lectura para mis alumnas, pero no tuve cuidado y lo presenté como "una apasionante novela sobre Santo Tomás de Aquino"... y las niñas, que ya sufren al santo en clase de filosofía, me hicieron saber que no deseaban una segunda entrega. Lo dejé en mi mesa, como al descuido, y una noche de cansancio se deslizó por mis manos y quedé enganchada de nuevo, como esos viejos esposos que se dejan seducir por sus mujeres sólo porque un día la ven bajo una luz antigua y nueva.
- ¿Cuántas veces has leído ese libro?
- Mmmmm... Lo descubrí cuando tenía doce años...
Aquel verano. Logroño. Calor sofocante y uñas postizas. El cuarto de jugar. El telediario. La lámpara con su luz derrochando sombras alrededor. Y yo leyendo un libro que me había regalado mi padre.
- Me lo compraste tú... Y bueno, desde entonces, una vez por año, como una cita de amor.
Tengo treinta y dos años. He leído el libro veinte veces. Y todavía me apetece volver a leerlo: lo malo es que ayer alcancé la última página. Y no puedo volver a La edad de la inocencia porque lo regalé en la noche de Reyes.
Es otro de mis vicios raros: regalar libros ya leídos por mí, algo rugosos, que el destinatario sepa que fueron arrancados de mi librería "como la uña de la carne". Y, además, en este fin de semana tengo que leerme Las penas del joven Werther, de Goethe. Me pregunto si sonará en mis oídos la marcha nupcial cuando cruce sus primeras páginas.
Será que soy una rancia y una pequeño burguesa con mis costumbres de lectura reposada, y en el fondo me sacan de Jane Austen, Chesterton y Wilkie Collins y ya no estoy a gusto, y si es posible leerme hasta la saciedad un viejo conocido, lo hago con el máximo deleite... Perder y Ganar, de J.H. Newman, por ejemplo. Los libros son para mí como una prenda cómoda que usamos, y volvemos a ella una y otra vez hasta dejarla inservible... Y, del mismo modo que se rompen las costuras, al lomo de cartón le van saliendo astillas, y buscamos el papel celo y empezamos a hacer labores de carpintería.
Me lo dijo mi padre, al ver en mi mesa llena de papelotes el trajinado ejemplar de La luz apacible. Yo lo había escogido como parte del taller de lectura para mis alumnas, pero no tuve cuidado y lo presenté como "una apasionante novela sobre Santo Tomás de Aquino"... y las niñas, que ya sufren al santo en clase de filosofía, me hicieron saber que no deseaban una segunda entrega. Lo dejé en mi mesa, como al descuido, y una noche de cansancio se deslizó por mis manos y quedé enganchada de nuevo, como esos viejos esposos que se dejan seducir por sus mujeres sólo porque un día la ven bajo una luz antigua y nueva.
- ¿Cuántas veces has leído ese libro?
- Mmmmm... Lo descubrí cuando tenía doce años...
Aquel verano. Logroño. Calor sofocante y uñas postizas. El cuarto de jugar. El telediario. La lámpara con su luz derrochando sombras alrededor. Y yo leyendo un libro que me había regalado mi padre.
- Me lo compraste tú... Y bueno, desde entonces, una vez por año, como una cita de amor.
Tengo treinta y dos años. He leído el libro veinte veces. Y todavía me apetece volver a leerlo: lo malo es que ayer alcancé la última página. Y no puedo volver a La edad de la inocencia porque lo regalé en la noche de Reyes.
Es otro de mis vicios raros: regalar libros ya leídos por mí, algo rugosos, que el destinatario sepa que fueron arrancados de mi librería "como la uña de la carne". Y, además, en este fin de semana tengo que leerme Las penas del joven Werther, de Goethe. Me pregunto si sonará en mis oídos la marcha nupcial cuando cruce sus primeras páginas.
sábado, febrero 13, 2010
Conversaciones con La Otra
- ¿En qué se parecen George Clooney y el pudding de frutas del cortinglés?
- Mmmmm. ¿En que un poquito gusta, pero mucho empalaga?
- Nooo. Nunca me he cansado del pudding, y me temo que tampoco me hartaría George.
- Pero si acabas de descubrirlo...
- Pero esas cosas se saben. Lo intuyo.
- Vale. ¿En qué se parecen...? ¿En que ambos gustan mucho pero suben el colesterol?
- En sentido espiritual, sí, es una metáfora... Yo quería decir que ambos me atraen poderosamente, pero en el fondo me caen mal.
- ¿Te caen mal?
- Sí, bueno... El pudding me cae mal al estómego, o me lo acrecienta que es peor. Y George me cae mal todo él. Así que esta atracción súbita me está cayendo como un tiro...
Esta es una conversación inconsciente entre yo y "la otra". De pequeña le llamaba "la gemela transparente" y hablaba con ella sin parar. Y ahora ha vuelto. El runrún empezó con la película: que salía George Clooney vestido con traje de chaqueta despidiendo al personal, y yo pensando, "será cerdo..." Que te crees tú eso, ruge La Otra dentro de mí. Sí, mira es idiota, respondo yo sin ser aún consciente de la balumba que me caía encima. El amor de su vida es un cerdo, dicho por él. Que va y se le muere. Me cae mal, no puedo evitarlo.
Pero se puso a sonreír. Gorge Clooney, digo. LLenaba la pantalla su sonrisa. Soy débil. Y encima cuando sonreía en primer plano me recordaba mucho un chico que me gustó. "Sonríe como X", le dije a La Otra. La Otra, renacida después de tantos años y disfrazada de Gollum, me repuso: mi tesoro, nos ciega el amor retrospectivo. Amenaza flashback. Puede ser, concedí, porque hay antecedentes, me temo. Yo era la que pensaba que Tom Cruise era clavadito a un X anterior.
Vale, no me negarás que a quien se parece es al pudding del cortinglés que nos zampamos los tres, o sea tú, Chinto Chabola y yo hace un ratito. Vale, dijo La Otra, plantéamelo como una adivinanza.
(Para una entrada taaaan surrealista lo mejor es un vídeo de Esclarecidos.)
- Mmmmm. ¿En que un poquito gusta, pero mucho empalaga?
- Nooo. Nunca me he cansado del pudding, y me temo que tampoco me hartaría George.
- Pero si acabas de descubrirlo...
- Pero esas cosas se saben. Lo intuyo.
- Vale. ¿En qué se parecen...? ¿En que ambos gustan mucho pero suben el colesterol?
- En sentido espiritual, sí, es una metáfora... Yo quería decir que ambos me atraen poderosamente, pero en el fondo me caen mal.
- ¿Te caen mal?
- Sí, bueno... El pudding me cae mal al estómego, o me lo acrecienta que es peor. Y George me cae mal todo él. Así que esta atracción súbita me está cayendo como un tiro...
Esta es una conversación inconsciente entre yo y "la otra". De pequeña le llamaba "la gemela transparente" y hablaba con ella sin parar. Y ahora ha vuelto. El runrún empezó con la película: que salía George Clooney vestido con traje de chaqueta despidiendo al personal, y yo pensando, "será cerdo..." Que te crees tú eso, ruge La Otra dentro de mí. Sí, mira es idiota, respondo yo sin ser aún consciente de la balumba que me caía encima. El amor de su vida es un cerdo, dicho por él. Que va y se le muere. Me cae mal, no puedo evitarlo.
Pero se puso a sonreír. Gorge Clooney, digo. LLenaba la pantalla su sonrisa. Soy débil. Y encima cuando sonreía en primer plano me recordaba mucho un chico que me gustó. "Sonríe como X", le dije a La Otra. La Otra, renacida después de tantos años y disfrazada de Gollum, me repuso: mi tesoro, nos ciega el amor retrospectivo. Amenaza flashback. Puede ser, concedí, porque hay antecedentes, me temo. Yo era la que pensaba que Tom Cruise era clavadito a un X anterior.
Vale, no me negarás que a quien se parece es al pudding del cortinglés que nos zampamos los tres, o sea tú, Chinto Chabola y yo hace un ratito. Vale, dijo La Otra, plantéamelo como una adivinanza.
(Para una entrada taaaan surrealista lo mejor es un vídeo de Esclarecidos.)
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