En Roma yo iba a misa a las brígidas de la Piazza Farnese, al lado del hermoso y sobrio palacio. Y al lado de una pastelería ecológica con supermercado bío que se llamaba Naturasi, donde solía comprar jabón de tocador y unas galletitas en forma de estrella antes de volver a casa y zambullirme de nuevo en mi artículo sobre el personaje de Auristela en Cervantes y Calderón.
Adjunto esta preciosa imagen de la azotea de mi casera en Vía Gulia, junto a una fuente casi secreta que durante tres meses de 2017 fue el bendito pan de cada día para mí.
A misa solía ir al Trastevere, a la espléndida Santa María, o a Monserrato en el colegio de España, con un cura que oficiaba en español y unas monjas peruanas que salmodiaban en varias armonías aquello de "la bondad y el amor del Señor duran por siempre"... O a las brígidas, que era mi opción favorita cuando tenía la tarde perezosa.
La misa donde las brígidas era a las cinco, o sea, bastante tarde para Roma, y me fascinaba primero porque el techo de la iglesia estaba pintado de azul (de Prusia) con estrellas, y rezar allí era como estar inserta en un cuadro renacentista o en un cuento maravilloso.
Y segundo porque las monjas llevaban un casquete como de guerreras místicas, y eran todas africanas, asiáticas o eslavas, y tenían una pinta de fumadas divinas formidable. Flotaban todas por la iglesia como en éxtasis.
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| También tengo foto de la fuente |
Un día, volviendo de comulgar, tropecé y me di un tremendo golpe contra un altarcito cubierto por una pérfida alfombra, y dieron todas un respingo y salieron de su arrobamiento al unísono para interesarse por mi salud corporal.
Yo decidí que "lo que no se nombra, no existe", les dije que nada, nada, y conseguí llegar a mi apartamento situado en la primera planta de un Palazzo, logré subir los veinte peldaños de piedra y me puse un buen paquete de guisantes congelados sobre la magullada rodilla, a la que había salido un inquietante bulto, rojo y caliente.
A la sazón era doce de octubre y mientras me aplicaba el único remedio medico que se me ocurrió, me dediqué a insultar con fervor a la Virgen María en su advocación del Pilar. Insultar, sí, pues no otra cosa fue ese torrente de reproches a futuro tenebroso: que no me puedes hacer esto, que estamos en tu día, que mira que eres mi madre, que estoy sola en Roma, que tengo que subir y bajar cada día una majestuosa escalera... Y, sobre todo, que no puede ser que yo me lesiones alguna parte de mi cuerpo o me ocurra algo malo estando rodeada de semejante belleza.
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| Pude volver a Roma |
... Y funcionó.















