viernes, agosto 13, 2021

Haiku del petirrojo (Teoría literaria en pleno campo)

 ¡Un pajarito!, me avisa mi prima, señalando a un petirrojo. Llamémosle petirrojo. Tiene el pecho rojito, colorado, diría mi madre. Salta en la valla, gorjea.

Seguimos caminando, hablamos de haikus. Que no se dice así, en plural se dice de otra forma. ¿Qué es un haiku?, me pregunta. Es algo japonés, ¿verdad?

Sí, es un pequeño poema de tres versos, respondo. Cinco-siete-cinco sílabas. Pero lo más importante es el contenido, que tiene que captar con intensidad una imagen. Tiene que captar el momento. 

Un ejemplo me pide a mí mi prima. Y, pensando en el petirrojo, le digo:


Un petirrojo
salta y salta en la valla
con el sol dentro.


¿Te lo acabas de inventar? Sí, claro, es un ejemplo. Y pensando un poco más, deseando explicarme, termino: un haiku en una fotografía en palabras.

domingo, abril 25, 2021

Todos me lo han regalado todo

Parece que no se estilan ni la gratitud ni la humildad.

Para una vez que un rayo de clarividencia te inunda y proclamas que tus colegas y jefes te han tratado bien, que te invitaron a tal o cual congreso cuando menos currículum tenías, que un renombrado pope de tu área de conocimiento te ha dado oportunidades y que un crítico literario te ha mirado con cariño, viene un indignado y te bendice con la frase de moda: "no te abajes tanto, que nadie te ha regalado nada".

Y encima se lo tienes que agradecer, pues a su manera ¡te está piropeando! Sólo que a mí se me antoja un piropo bien triste.

"Nadie me ha regalado nada": el mantra de nuestra generación, el Nirvana, el estado ideal. La lista de favores en blanco, no deber nada a nadie y los méritos propios creciendo cual tumor vociferante, pero benigno y ansiado.

Pues en esta cultura de la meritocracia, reivindico. Y digo que lo que más me enorgullece es lo que me han querido, la amistad de mis maestros, lo que me cayó cual lotería. Y digo que lo que mejor sabe es aquello que te dan porque sólo había un germen y a alguien le gustó esa semilla y quiso dedicarse a regarla. 

Así  quiero llegar a la plena madurez; orgullosa de todo lo que me han regalado.

jueves, marzo 25, 2021

Semáforos en rojo dando avisos

 Ayer, inmersas en un gran atasco, un volvo gris pugnaba por adelantar..., pero lo vimos detenido al fin, como nosotras, ante uno de los muchos semáforos en rojo. Ah el poder igualador del semáforo, pensé. 

Y en seguida se me vino a la mente la imagen del mar de Jorge Manrique, donde iban a morir los ríos "grandes e chicos", terrible democracia.

Últimamente pienso en la muerte, y es que a la fuerza ahorcan. Caen a mi lado mil y diez mil: ayer, un gran amigo de mi mayor amigo. Varada en el coche recité del tirón, de memoria, la última copla de Manrique, tan consoladora, con tanto señorío. "Y consiento en mi morir con voluntad placentera, clara y pura, que querer hombre vivir cuando Dios quiere que muera es locura.".

Así quiero irme, sin violencia, pero más difícil es ver marchar a los demás sin rebeldía. Manrique nos ayuda, no a resignarnos, que yo por naturaleza no soy estoica, sino hedonista... Las coplas nos enseñan a aceptar que la muerte no es una injusticia sino otro gran misterio, y que tampoco la vida de las personas que más queremos nos pertenece.

domingo, enero 31, 2021

Carmen Martín Gaite

Acabo de recordar cuánto debo a Martín Gaite: en mis clases de Didáctica de la Literatura, en el temario que estoy ultimando para un máster de creatividad, en el pie de las fotos que subo a mis redes sociales..., siempre se cuela alguna de esas frases suyas que tanto me impactaron cuando devoraba sus novelas.

Y mira que ha pasado el tiempo. Corría el año 2000 y Lord Scutum y yo nos hicimos amigos entretejiendo citas suyas. Luego llegó el verano y nuestra Carmina murió, y a nuestro modo le hicimos un homenaje. Luego se publicaron sus poemas en un libro póstumo y como poeta no me gustó tanto. Y luego empecé a leer a otros autores y parecía que la llama se apagaba, pero no. 

En mi opinión, uno de los rasgos predominantes en las novelas de Carmen Martín Gaite es cómo juegan sus personajes con las palabras, (Leonardo en La reina de las nieves, Baltasar en Los parentescos...) Cómo reflexiona ella a través de los protagonistas de suslibros  sobre el lenguaje como juego, ¡es una autora muy metaliteraria!

Mis recomendaciones son, curiosamente, sus últimas novelas: 

Lo raro es vivir (Anagrama 1996)

Nubosidad variable (Anagrama 2006, aunque no es la primera edición)

Irse de casa (Anagrama 1998)


Y, a modo de El barbero del rey de Suecia, copiando al gran EGM, comento o entresaco algunas j0yas de la autora que continuamente me vienen a la cabeza:

El motivo de esta entrada: "El secreto de la felicidad está en no insistir", de Lo raro es vivir. Lo mejor es que lo dice un personaje así como estoico y resignado, pero yo le he dado la vuelta y le veo el sentido luminoso: agradece lo que tienes y haz fiesta con ello, porque lo cotidiano deslumbra.

"La sorpresa es una liebre": lo dice Mariana León, el personaje que menos me gusta de Nubosidad variable (mi favorita es Sofía, claro). Pero la frase es tremenda por lo que tiene la sorpresa de saltarina, de imprevista y de cotidiana también, vamos, vuelvo a que lo cotidiano deslumbra y ya lo predijo Carmen Martín Gaite.

"Mayo me echa de menos", dice Sofía Montalvo, la deliciosa protagonista de Nubosidad variable.  Y añade que el uno de mayo es el aniversario de "mis bodas con el mes de Mayo". Cuando años más tarde me hice adicta a la poesía de Martínez Mesanza y compré su antología Soy en mayo..., también recordé a Carmina.

sábado, diciembre 26, 2020

Las mejores Navidades de mi vida

Hace muchos, muchos años, cuando yo era niña, luego chiquilla, y al final adolescente, vivía las Navidades en Vitoria, con mis tres primas, mi primo Edu, mis tíos, mis padres y, sobre todo, mis abuelos.




Solía coincidir con mis primos en el piso de Goya el fin de semana anterior a Nochebuena, el de la lotería, y en Madrid pasábamos lo que yo llamaba la pequeña Navidad: Una especie de ensayo ilusionado en el cual gozábamos de las luces madrileñas, del espectáculo de Cortilandia y del escaparate con sabor a tradición americana de la tienda Musgo. 

Nuestros padres ultimaban sus compras y nosotras soñábamos bajo mantas mullidas, nos bañábamos entre pompas de jabón Moussel y visitábamos la juguetería Thomas sin parar de hablar, esperar, hacer planes. Era ese momento radiante en el cual casi había llegado el objeto de nuestro anhelo pero aún no, y nosotros sin saberlo disfrutábamos de ese “todavía”...

Enseguida llegaba el 23 y aterrizábamos en Vitoria, y entonces eran los grandes abrazos de nuestros abuelos en el zaguán o en la cocina, depende de por dónde  entrábamos porque había dos puertas en aquel bendito piso de Vicente Goicoechea. 

Lo primero era rezar dando gracias por nuestra venida a la virgen, que era pálida como la porcelana porque era de porcelana, y tenía un manto de color merengue con puntilla y creo que un rosario rodeándola, como cordel que terminara de atar el regalo. 

Luego, colgar nuestros abrigos y asentarnos cada pequeño nucleo familiar en un cuarto. Y las urgencias de acabar de ordenarlo todo porque ¡teníamos que jugar!  Y adornar toda la casa con motivos navideños. 

Mi abuelo era un artista o mejor dicho un artesano, palabra que a él le gustaría más, y hacía trenes e imitaba el sonido de campanas por medio de palancas y poleas: Había un esforzado Belén encendido, con alguna nueva novedad a cada año que pasaba. 

Corríamos a contemplarlo asombrados, pero no era algo  para admirar sino para vivir. Bailábamos alrededor, colando algún playmobil o dinosaurio de goma que quería adorar, él también.  Siempre había algún pitufo en el portal, puesto allí por mi propia abuela, más niña que todos nosotros.




La tarde del 24 íbamos los primos a los cines Guridi, frente a una portentosa librería,a ver la nueva, la última película de Disney. Así recuerdo haber visto con ellos la sirenita, la bella y la bestia y Aladdín, en la víspera de todo, equipados con grandes bolsas de chucherías de la tienda Gretel, que solo en Navidad me estaban permitidas.

La noche de Nochebuena cantábamos villancicos mientras rodeábamos el Belén encendido de mi abuelo, villancicos normales y otros delirantes que hablaban de resplandores y de San José, sí, pero también de escaleras, frailes y chiguitos que corrían sin solución de continuidad. 

Y antes de cenar venían los regalos. Y, por supuesto, el favorito siempre era el regalo de nuestros abuelos. Nos daban dinero sí, mucho dinero a veces para escándalo de nuestros padres y júbilo nuestro, que esperamos el día 26 para salir en estampida, hacia la juguetería Kolkai  cuando éramos pequeñas y hacia For, Levis, Lola o la perfumería Ibarrondo cuando fuimos ya mayores.

Pero mis abuelos siempre envolvían ese dinero en algún detalle, un calcetín de Papá Noel, un muñequito o pequeño peluche dentro del sobre. Y no regalaban dinero ni fomentaban el consumismo: alimentaban nuestra ilusión y su increíble generosidad. 

***


En esta nochebuena tan rara, en Sevilla y solo nosotros tres, después de ver juntos la película Fantasía de Disney, cantar villancicos y rezar al niño Jesús, antes de la cena mis padres terminaron de resucitar ese espíritu regalándome una cruz de Jerusalén, un cuadro, un par de libros  y, sobre todo, algo de dinerito en un precioso calcetín de Papá Noel. 



viernes, noviembre 20, 2020

Pacheco, el amigo: in memoriam


La infancia, ese lugar al que siempre se vuelve. Es como una casa dorada. Buceo en mi interior y veo risas implosivas, debates filosóficos, misas en Triana. Y tú siempre estás ahí, en el centro.
A lo largo de estos días saldrán, ya han salido a la luz, escritos que hablarán de ti como el insigne filósofo, como el finísimo escritor. Yo solo quiero recordar al gran amigo que fuiste, que eres.

Y son más de cien imágenes: mi madre diciéndote: ven a casa y nos tomamos la última. Y tú: no, que me emborracho. Mi madre: pues no te ofrezco alcohol. Y tú, sonrisa pícara: ¡es que entonces no voy a tu casa!
Tal vez debería borrar este primer recuerdo que ha venido al papel, que no es honorable ni serio... Pero no quitaré una coma: sabías rezar y sabías beber, Chesterton aplaude.





El día en que os encontramos por la calle, a Inma y a ti, justo después de la petición de mano. Cómo sonríe a ella y cómo la abrazas tú. Ya es mía, dijiste, con un mohín de gozo admirado que en realidad gritaba a los cuatro vientos “soy suyo”...

Fuimos a despediros al aeropuerto porque os ibais un año a Inglaterra, y tú ibas a dejar de fumar, y tu hijo Edu te dijo: ya está, papá, tira la pipa. Miré su sonrisa y pensé, es tan especial porque es una mezcla perfecta de las de sus padres.

Cómo hablabas y cómo te reías cuando estabas en mi casa, en las tertulias de amigos. Escuchar voz era entrar en calor. Tu voz era casa, pero no una casa en calma sino una ruidosa, encendida: que incluso cuando yo era muy pequeña me sobresaltaba.
Eran los tiempos de mis terrores nocturnos. También me asustaba el ruido del aspirador, y de forma ingenua empecé a llamar al aspirador “Pacheco”...
Cuando te lo contaron mis padres, -qué vergüenza pasamos a veces los hijos-, te lo tomaste muy a bien, con risa incluida y esta vez algo más suave. Supusiste desde el primer momento que era porque te lo comías y bebías todo en mi casa, como un huésped agradecido.
Con el tiempo, cuando crecí, supe quererte más y más por esa humildad tuya, la de quien tiene frente a él su pecado siempre, como el rey David.

Cómo jaleabas mis poemas, cómo supiste consolarme las pocas veces que en tu hombro lloré. Lo bueno se va siempre, me dijiste. Y yo, optimista hasta el fin: pero entonces lo malo también se irá igual de rápido. Y tú: no, lo malo en nuestra percepción dura bastante. Y mi madre: no le hagas caso a Pacheco que es demasiado romántico.
Pero también eras vital, profundo y tenías profundas creencias. Y eras la viva estampa de la hombría de bien.

Recuerdo el último verano por el monte, hace tan poco, y cómo te veía yo, presintiendo toda una vida lograda. Ni por un momento sospeché que Dios recoge la fruta cuando está dorada y tan madura, en su mejor momento.


lunes, junio 08, 2020

Al son de trompetas

Ayer el cura dijo en misa que Dios es puro baile, porque en su origen la palabra Trinidad evoca una danza en círculo. Me imaginé a las Tres Personas bailando extasiadas, la Una de la Otra y las Dos de la Tercera. Y se me alegró el domingo por la tarde, la semana, el mes y el año entero.

Y no quiero ser irreverente pero los niños nunca lo son, solo imaginativos, y esto que voy a contar lo recreaba yo en mi mente de niña, como un mágico cine exín. Tengo que parar de usar esta metáfora, que parece ya una prenda veja y muy querida, pero es que de pequeña me montaba unas películas emocionantes imaginando a Dios.

Todo partía de la fiesta de la Ascensión, cuando el salmo responsorial dice: "Dios asciende entre exclamaciones, el Señor al son de trompetas." En realidad es aclamaciones pero en mi cabeza de ocho años me imaginaba a un coro de ángeles haciendo ahs y ohs muy admirativos, mientras Dios Padre inflaba los carrillos e impulsado por su propio aire se elevaba por los ídems.

Pero como para mí Dios siempre ha sido Dios Padre y el Señor es Nuestro Señor Jesucristo, pues me imaginaba al Hijo mirándole desde el suelo, sonriendo, y diciendo de repente, en un rapto de duelo juguetón: ¿sí? Pues yo subo más alto. Y se alzaba y subía supersónico, verdadero superMan y verdadero superGod, y su coro de ángeles no sólo exclamaba sino que se convertía en orquesta de jazz, ¡con trompetas y todo, el más chulo del universo!

Y me enorgullecía pensar que mi Dios era un Dios tan familiar que jugaba consigo mismo.