martes, septiembre 22, 2026

¡Aragorn es injusto!

Acabo de recitar poemas en Sevilla, dentro del club de lectura del centro cívico de Las Columnas en Triana, y además de leer en voz alta piezas que acabo de escribir, hice un recorrido por poemas dedicados a Aragorn, desde Pampaluna hasta El último minuto y algún inédito que otro.




Aragorn, ya sabéis, el personaje tolkieniano, ideal de caballero que al principio parece oscuro pero sonríe e ilumina toda la ciudad y batalla junto a Frodo y es el compañero perfecto y por supuesto se casa con una elfa que renuncia a la inmortalidad por él, y cómo no hacerlo.

Pues no estaba yo preparada para la reacción de una de mis lectoras, que me dijo muy claramente que yo estaba cometiendo una injusticia al tener como ideal masculino a Aragorn. Uy, lo que me ha dicho.

- Pero, pero..., injusto, ¿para quién?

- Para los hombres. Porque ningún hombre real es Aragorn, respondió ella. Tremendas declaraciones. 

- ¡Es un arquetipo! ¡Es un ideal!, me defendí, pensando que me han acusado de cosas muy peregrinas en la vida, pero de que me guste Aragorn, nunca jamás.

Y por argumentar le dije que entonces la donna angelicata era injustísima. 

- ¿Quién?





- Beatriz, Beatriz, la amada de Dante. 

Como por esas señas tampoco caía, añadí: la dama petrarquista, esta dama tan rubia y tan clara y toda virtudes, pues tampoco existe..., y sin embargo enfervorizó a los hombres durante siglos, y es que si en el corazón no se manda, en los arquetipos mucho menos...

En ese momento recordé que una vez una alumna mía me dijo que la dama petrarquista era pura xenofobia. Porque así estamos, lo de las virtudes lo dejamos para otro día, pero mi alumna se quedó con la rubicundez y le pareció una injusticia supina. 

Bajando a un territorio un poco más ameno pensé en argumentar que yo también podía cabrearme porque en los 90 triunfó la delgadez extrema femenina, y ya podrían Rubens o Botero seguir siendo el canon de belleza...

Pero, de perdidos al río, terminé diciendo que Aragorn sí que existe, o al menos he conocido caballeros que siguen ese ideal en su vida, y que querer parecerse a Aragorn un poquito a mí ya me parece algo bastante atractivo. 

- ¡Tú eres una optimista!, zanjó mi lectora.

La poeta feliz, otro arquetipo.

lunes, septiembre 07, 2026

En Roma (I)

En Roma yo iba a misa a las brígidas de la Piazza Farnese, al lado del hermoso y sobrio palacio. Y al lado de una pastelería ecológica con supermercado bío que se llamaba Naturasi, donde solía comprar jabón de tocador y unas galletitas en forma de estrella antes de volver a casa y zambullirme de nuevo en mi artículo sobre el personaje de Auristela en Cervantes y Calderón.






Adjunto esta preciosa imagen de la azotea de mi casera en Vía Gulia, junto a una fuente casi secreta que durante tres meses de 2017 fue el bendito pan de cada día para mí.

A misa solía ir al Trastevere, a la espléndida Santa María, o a Monserrato en el colegio de España, con un cura que oficiaba en español y unas monjas peruanas que salmodiaban en varias armonías aquello de "la bondad y el amor del Señor duran por siempre"... O a las brígidas, que era mi opción favorita cuando tenía la tarde perezosa.

La misa donde las brígidas era a las cinco, o sea, bastante tarde para Roma, y me fascinaba primero porque el techo de la iglesia estaba pintado de azul (de Prusia) con estrellas, y rezar allí era como estar inserta en un cuadro renacentista o en un cuento maravilloso.

Y segundo porque las monjas llevaban un casquete como de guerreras místicas, y eran todas africanas, asiáticas o eslavas, y tenían una pinta de fumadas divinas formidable. Flotaban todas por la iglesia como en éxtasis.


También tengo foto de la fuente 


Un día, volviendo de comulgar, tropecé y me di un tremendo golpe contra un altarcito cubierto por una pérfida alfombra, y dieron todas un respingo y salieron de su arrobamiento al unísono para interesarse por mi salud corporal.

Yo decidí que "lo que no se nombra, no existe", les dije que nada, nada, y conseguí llegar a mi apartamento situado en la primera planta de un Palazzo, logré subir los veinte peldaños de mármol y me puse un buen paquete de guisantes congelados sobre la magullada rodilla, a la que había salido un inquietante bulto, rojo y caliente.

A la sazón era doce de octubre y mientras me aplicaba el único remedio medico que se me ocurrió, me dediqué a insultar con fervor a la Virgen María en su advocación del Pilar. Insultar, sí, pues no otra cosa fue ese torrente de reproches a futuro tenebroso: que no me puedes hacer esto, que estamos en tu día, que mira que eres mi madre, que estoy sola en Roma, que tengo que subir y bajar cada día una majestuosa escalera... Y, sobre todo, que no puede ser que yo me lesiones alguna parte de mi cuerpo o me ocurra algo malo estando rodeada de semejante belleza.


Pude volver a Roma 


... Y funcionó.