Tenías doce años y el verano. Una llanura inmensa y soleada. Campanas. Vacas. Dormías bajo mantas de algodón: ¡el mundo era tuyo!
Mañanas de vagabundear por el pueblo, de ayudar a hacer la compra, de chucherías y columpios. El mantel de hule de cuadros rojos y el tractor con remolque, y bajar al campo a pasar el día entero desde la hora de comer.
Poner y quitar la mesa, y pensar que cuánto trabajabais los niños, mientras los mayores se pegaban la vida padre. Después del melón a bocados, la siesta con las tumbonas en círculo bajo las copas de los árboles. Luego el baño en el río, la merienda de pan con chocolate que os daba tu abuela, y la excursión a Leorza.
El camino a Leorza era Rivendel, aunque tú aún no lo sabías. Las ramas de los árboles queriendo escapar, formando bóvedas verdes que lo ensombrecían todo y a la vez lo llenaban de una luz forestal. Y, en medio sel camino, es decir en el centro del bosque, una casa abandonada, la casita de los enanitos.
Te sentabas en sus peldaños con tus primas a contar cuentos de miedo, historias inventadas que parecían no tener fin. Una tarde os sorprendió un murciélago que salió de la ventana medio rota. Gritabais y reiais.
Han pasado los años. La casita siguió vacía y abandonada, pero con el tiempo fue pasto de chiquillos que poca inocencia tienen ya, fue vandalizada y cubierta de grafitis. Fue escenario de canciones de reggaeton en vídeos dudosos en Youtube. Y ahora, en este otoño que da miedo, ha sido devorada por las llamas.
Tu infancia devorada por las llamas. El comienzo dorado de tu adolescencia, que luego se apagó. Los sueños que no fueron ya no serán jamás. ¿Cómo regresarás ahora al verano de tus doce años?

1 comentario:
Han pasado por allí los orcos. Pero los orcos nunca vencen. Siempre acaban perdiendo
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