Pasé la primera quincena de julio entre la minuciosa corrección de exámenes y la absoluta delicia de leer poesía por la tarde, en el jardín o junto a la ventana. Y qué poesía. Nada menos que Reino de Estrellas de Juan Ramón Trotter, publicado en Númenor a finales del año pasado.
De Mal que bien, el fabuloso poemario de Enrique García-Máiquez, dije cuando me llegó que su lectura me alegraba tanto como la Navidad: en este caso he vuelto a sentir lo mismo y con motivo, porque Reino de Estrellas (Númenor, 2025) fue una publicación navideña de un autor que siente en lo más vivo la Alegría de esos días... Pero me llegó en pleno mes de abril, y en esta segunda lectura vuelvo a tener mi ración de gozo navideño fuera de fecha.
Como éste es un blog de andar por casa, de chimenea encendida, mesa camilla y cuatro amigos leyendo, no voy a tratar aquí la variedad estrófica ni a fatigar influencias, algo que hace perfectamente Enrique en su reseña en El debate, que llamó con acierto "Todo es don, todo es misterio", uno de mis versos favoritos del libro, que además da nombre a una poderosa sección.
Sí que hablaré de la emoción y el magnetismo que emanan los poemas. Virtudes que van in crescendo, de menos a más, del principio al final del poemario. Al comienzo puede parecer un libro culturalista que respira Grecia y bebe del mundo del arte, algo totalmente lícito pero que si se quedara ahí, sería pobre... Sin embargo, ya entonces hay versos absolutamente cautivadores como:
"el alma resplandece, insobornable",
O
"Mira mi corazón hecho de niebla,
se queda hecho jirones a tu lado,
a tu lado defiende la Belleza".
Esta primera parte alcanza su clímax en el poema que da título al conjunto, Reino de Estrellas, que transmite una idea persistente en el libro: la firme voluntad de responder a una vocación, a un camino que a la vez es regalo. Es una pieza hipnótica, para usar una palabra de García-Máiquez, gracias a las repeticiones obsesivas que van creciendo en intensidad y nos introducen en una determinada atmósfera, algo que Trotter ha aprendido bien de Julio Martínez Mesanza.
Y llegamos, creo, a la razón por la cual este libro me ha subyugado tanto: desde que empecé a leerlo me di cuenta de que su autor y yo hablábamos el mismo idioma, de que Juan Ramón Trotter era "uno de los nuestros": en su universo brillan Tolkien, Chesterton, Dante, Mesanza y hasta John Henry Newman, nada podía salir mal.
De ahí, hacia arriba, hasta las estrellas.
En "Uno de los nuestros" los homenajes literarios traslucen la emoción, no la enturbian sino que la revelan. Y en "Esto perpetua!" hay una alegría hímnica, épica, una verdadera alegría: la clara tendencia hacia el bien y la belleza derivan en un disfrute que hace brindar a los caballeros, con García-Máiquez a la cabeza.
En muchos otros poemas hay, por contra, un dolor callado y humilde, tímido, y un deseo de trascenderlo mediante, precisamente, los trascendentales. Un afán de nobleza que ennoblece, un deseo de inocencia que es también exigencia.
Hay también un amor por el silencio y la lentitud que se transparenta en la sección La luz entra a raudales. Y es que el libro cierra con luz, una luz chispante que acaba por hacernos suyos. Esa mezcla de don y misterio que realmente son una sola cosa se apodera de los poemas más navideños, pero late también en las páginas anteriores. Esa intuición de que los Reyes Magos son chestertonianos, y esa oración sotto voce, absolutamente confiada y humilde en la cual el poeta pide a Dios que nunca le ofusque la mirada son conmovedoras y tienen la fuerza de la buena literatura unida al arrollador atractivo de la verdad.





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