Últimamente viajo mucho en autobús.
Trayectos breves, rurales, de carreteritas de cuento entre árboles o viñas. O viajes largos, interminables, de seis horas con veinte minutos libres entre medias en una zona de servicios con burger King en Bailén. Donde pido unas patatas fritas pequeñas y fanta zero de limón, porque es viernes de cuaresma, y a la abstinencia he unido el ayuno... Tengo dos tristes zanahorias en el bolso, envueltas en papel albal.
Mirando por la ventana, pienso en un viaje de Pamplona a Logroño que hice hace una semana, con unas ganas increíbles de llegar a casa y un cansancio de siglos, y diecisiete por ciento de batería en el móvil. Y me lancé a la loca aventura de escribir un poema.
Por último, recuerdo un viaje inmenso, infinito, nada menos que de Cádiz a Irún iba el autobús aunque nosotras, mi madre y yo, lo cogimos en Sevilla. Íbamos a viajar toda la noche y hacía frío aunque ya era primavera. Dijimos, vamos a dormir. Y mi madre desplegó su abrigo, que era de esos de plumas, ligero pero caliente y color chocolate, sobre nuestros dos cuerpos acurrucados. Y supe que mientras ella viviera en este mundo yo nunca pasaría frío, ni me sentiría sola.
