Descubres de pronto lo mucho que estás empezando a querer a una persona porque sientes deseos irrefrenables de rezar pensando en su nombre.
Delante del Sagrario lo murmuras, lo deletreas. Paladeas el nombre delante de Dios y ya sólo decirlo es una oración, es incluso un chiste secreto. Porque sientes que Dios te responde: ya, ya, ya te conozco, no hace falta que me digas más.
Y sabes que diciendo el nombre delante de Él no vas a equivocarte, no vas a caer, porque será Él quien guíe tu corazón.
Rocío, yo creo, de corazón, que Dios tiene que estar encantado contigo
ResponderEliminarEncantado y en primera fila. Del poema y de la oración.
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